Muhammad Bahu’din Shah Naqshband (Allah santifique su secreto)

El maestro epónimo de la orden Naqshbandi nació en 1318 en una aldea próxima a Bujará llamada Qasr-i Hinduvan (fortaleza de los indios), seguramente en referencia a un antiguo establecimiento budista. Tras su muerte la aldea pasó a llamarse Qasr-i Arifan (fortaleza de los gnósticos) en honor a Baha al-Din. Los tres maesros de este último fueron los dos últimos eslabones de la Tariqa-i Jwayagan, Jwaya Baha Muhammad Sammasi y Amir Qulal – el maestro espiritual de Tamerlán -, y luego Jalil Ata (Allah santifique sus espiritus), un shaij Yasawí, pero Baha al-Din (Allah santifique su secreto)  también había sido iniciado espiritualmente por Jwaja Abd al-Jaliq Ghiyuvani (Allah santifique su secreto). Un detalle de orden doctrinal que tiene su importancia: Baha al-Din (Allah santifique su secreto) adoptó los ochos “dichos sagrados” (kalimat-i qudsiyya) de Jwaya Abd al-Jaliq (Allah santifique su secreto), que resumían el espíritu de la Tariqa-i Jwayagan, dichos que él enriqueció con otras tres fórmulas. El conjunto formó una regla que los derviches de la orden han comentado muchas veces hasta hoy.

La vida de Baha al-Din (Allah santifique su secreto) se conoce mal y está rodeada de leyendas, porque los libros que hablan de él son hagiográficos. Al parecer realizó dos peregrinaciones a La Meca en compañía de su discípulo Muhammad Parsa (m. 1419), uno de los primeros ulemas de Bujará que abrazó la Naqshbandiya y uno de los pocos que nos ha hecho llegar fielmente las palabras de su maestro. Por otro lado, uno de sus tres iniciadores, Jalil Ata, reinó sobre parte de la Transoxiana con el nombre de Qazan Jan. A pesar de sus reales funciones, mantuvo a Baha al-Din (Allah santifique su secreto) a su lado y siguió instruyéndolo. Sobre su vida espiritual sabemos que Baha al-Din (Allah santifique su secreto) siempre vivió pobremente y apartado del mundo, a diferencia de muchos de sus sucesores en la senda. Solía retirarse al desierto, y a veces era presa de éxtasis tremendos que dejaban estupefactos a quienes lo rodeaban. Una hagiografía naqshbandi refiere una de sus experiencias haciendo hablar al santo:

Un día, estando yo sentado, rodeado de mis discípulos, en un jardín del pueblo de Zuyurtun (junto a Bujará), sentí que el éxtasis (yazba) empezaba a apoderarse de mí. Nada podía detenerlo, y las fuerzas me abandonaban. Entonces volví la mirada hacia La Meca, y fue así como perdí el conocimiento. Liberado del peso de la existencia, caí en el estado de la “extinción en Allah” (fana fillab). Después de atravesar el límite de las regiones celestes, llegué a un lugar donde mí espíritu tomó la forma de una estrella, para después hundirse y perderse en un océano de luz. Mientras tanto mi cuerpo no daba la menor señal de vida, y los que me rodeaban, mis discípulos, mis allegados, gritaban y se lamentaban. Pero al cabo de un rato mi espíritu regresó a mi cuerpo y volví a la vida como hombre. Ese estado había durado unas seis horas.”

Baha al-Din Naqshband (Allah santifique su secreto) fue enterrado en el lugar donde había nacido, y su tumba se convirtió en uno de los principales lugares de peregrinación de Asia central. Este lugar, que recibió una importante donación de los emires de Bujará,  siendo conocida hoy con el nombre de Bavaddin, y es un complejo arquitectónico de gran belleza. Alrededor de la tumba del wayli y de su janqah se alzan varias mezquitas, una madrasa y un cementerio, donde descansan varios soberanos del emirato y personajes ilustres. Los peregrinos, procedentes de toda Asia central e incluso China, acudieron a la tumba de Baha al-Din (Allah santifique su secreto) desde el siglo XV hasta la formación de la Unión Soviética, que prohibió esta práctica y dejó que el complejo funerario se deteriorase. Tras el desmoronamiento de la URSS y la independencia de Uzbekistán, la mezquita de la janqa se volvió a abrir al culto musulmán, y en diciembre de 1993 Baha al-Din (Allah santifique su secreto) fue rehabilitado oficialmente por el gobierno. Hoy los peregrinos pueden visitar de nuevo su tumba.



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