El significado de buen comportamiento en el Tasawwuf

Curó su herido corazón con misericordia y amor. Este comportamiento ayudó a la persona a superar ciertas dificultades que padecía, y a arrepentirse de todas sus faltas. Más tarde, llegó a ser uno de los nobles y sinceros creyentes.

El Islam se aproxima al ser humano de una forma amigable y positiva. En vez de ensañarse con las faltas del otro y remarcar sus características más negativas, los sufis examinan la esencia positiva de la persona y luchan por desarrollar esos aspectos innatos. Sin embargo, esta forma de aproximarse no debe llamarnos a engaño, ya que esto no significa que los sufis sean permisivos con los pecadores. El Islam no tolera la existencia del pecado. Pero los sufis se acercan al pecador con misericordia y amor, para de esta forma tratar de ganarse su corazón y poder ayudarle. Para el Islam, un pecador es como un pájaro con el ala rota; tal persona atrae su misericordia y su compasión. Su objetivo es ayudarle y tratar de curar su herido corazón. Lo hacen únicamente por Allah, y debemos recordar aquí que amar y tener misericordia por Allah es uno de los más efectivos caminos para alcanzar la perfección espiritual.

El siguiente relato nos llega de ‘Umar Ibn al-Jattāb: Había un hombre llamado ‘Abd Allāh, cuyo apodo era Himār (burro), que solía hacer reír al Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz). Sin embargo, en varias ocasiones el Profeta lo mandó azotar por beber alcohol. Un día fue llevado en presencia del Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) acusado de lo mismo, y fue azotado. En eso que uno de los que estaban presentes le maldijo diciendo: “¡Oh Allah!¡Cuántas veces ha sido traído en presencia del Profeta con el mismo cargo!” El Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) dijo: “No le maldigáis, pues por Allah que se que ama a Allah y a Su Mensajero.” (Bujārī)

Los seres humanos tienen una elevada posición entre las demás criaturas simplemente porque son humanos. Las malas acciones y sus características negativas no cambian esta exclusiva posición, ya que cada hombre o mujer lleva consigo la divina nafja (aliento, esencia) de Allah. Esta divina esencia siempre permanece con el ser humano aunque la mayoría de los pecadores no sean conscientes de su valor y del elevado lugar que ocupan en el orden divino. Para dar un ejemplo, es como si la Piedra Negra cayese al barro. No hay un solo Musulmán que no lamentase tal incidente y tratase de ponerla otra vez en su honorable lugar. La limpiarían con sus lágrimas y la lustrarían con sus barbas. Los Musulmanes mostrarían su respeto hacia la Piedra Negra aunque estuviera en el barro o llena de polvo. Recuerdan su origen y gran valor, ya que proviene del Paraíso. De la misma manera deberíamos actuar con los seres humanos. Provienen del Paraíso (es decir, nuestro padre Adam) y sea cual sea la falta que cometan, esa divina esencia siempre permanece.

De la misma forma, un buen doctor no se enfada por los defectos que pueda tener su paciente. Muchas de las enfermedades que padecemos son causa de nuestra ignorancia, descuido o vagancia, sin embargo el médico se fija en nuestro dolor y sufrimiento e intenta por todos los medios aliviarnos de él y curarnos. Igualmente, el sufi se acerca al ser humano como un médico espiritual que intenta curar las enfermedades que padece la sociedad, sin reprocharnos nada. El sufi es como un chaleco salvavidas en medio de una tempestad. Es causa de felicidad y satisfacción el poder ofrecer un chaleco salvavidas a alguien que está a punto de ahogarse en alta mar; poco importa si la causa de que se encuentre en esa penosa situación se debe a su propia negligencia. El Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) dijo después de la batalla de Jaibar: “¡Oh ‘Alī! Es mejor para ti [en cuanto a la divina recompensa se refiere] guiar a alguien al Islam que poseer cuanto hay entre la distancia del sol naciente y el sol poniente.

Allah Todopoderoso mostró la importancia de salvar a una persona de la destrucción en la ayah que ya hemos mencionado más arriba: “Y quien lo salvara, sería como haber salvado a la humanidad entera. (Mā’idah, 5:32)

El peor pecado que una persona puede cometer es asociar algo o alguien con Allah, y la negación de la existencia de Allah. La cura para semejantes desviaciones está en el dulce y tolerante acercamiento. Cuando Allah Todopoderoso envió a Musa (sobre él la paz) al Faraón, le ordenó que le hablase con buenas palabras y amabilidad (qawl layyin). Guiar a una persona al Islam es lo más grande que podemos hacer en este mundo, y es un puente a la salvación. Allah Todopoderoso sabía perfectamente el nivel de infidelidad e incredulidad del Faraón cuando le ordeno a Musa tratar con él de buenas maneras. ¿Por qué? Porque Allah quiso enseñarnos la forma de guiar a la gente al Islam.

Debemos siempre ser amables y cordiales cuando invitamos a alguien a entrar en el Islam, incluso si se trata de una persona como el Faraón, alguien que guarda en su corazón un profundo odio por la verdad. No debemos dejarnos llevar por nuestras emociones, ni ser rudos con los no Musulmanes. Amenazar e insultar no tiene nada que ver con la forma correcta de invitar al Islam. Enfatizando esta realidad, Rūmī dijo en su Mathnawī: “Entiende bien las palabras de Allah a Musa: ‘Habla con el Faraón con buenas palabras y con amabilidad,’ pues si añades agua al aceite hirviendo, lo que harás será que aumente el fuego y destruirás el pan y el aceite.”

La siguiente ayah del Qur’an se dirige a nosotros, la ummah (comunidad de Musulmanes), con respecto a la personalidad del Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz): Por una misericordia de Allah, fuiste suave con ellos; si hubieras sido áspero, de corazón duro, se habrían alejado de tu alrededor. Así, pues, perdónales, pide perdón por ellos y consúltales en las decisiones, y cuando hayas decidido confíate a Allah. Es verdad que Allah ama a los que ponen su confianza en Él. (Al ‘Imrān, 3:159)

Entre las muchas ayaat que nos enseñan cómo dirigirnos a la gente y llamarles al Islam (da’wa), la siguiente es una de las más significativas: “Llama al camino de tu Señor por medio de la Sabiduría, la buena exhortación y convenciéndolos de la mejor manera, verdaderamente tu Señor conoce a quien se extravía de Su camino y conoce a los guiados.” (Nahl, 16:125)

Esta amabilidad y suavidad debería mostrarse no sólo con los transgresores, los que rechazan la fe, sino también con los verdaderos creyentes. Todos somos seres humanos, e incluso aquellos que practican Islam de la mejor manera, cometen a veces errores. Si utilizamos la dureza para corregir estos posibles errores, el resultado puede ser el contrario del que esperábamos.

En vez de ayudar a enmendar la actitud de determinadas personas, nuestra intransigente forma de actuar puede empeorar su situación y hacerles caer aún más hondamente en sus errores. La naturaleza humana detesta la rudeza y la descortesía. Incluso los hijos no aceptan este tipo de trato de sus padres; y un buen consejo pierde toda su efectividad cuando es dado con dureza.

No deberíamos olvidar la frágil psicología del ser humano, para de esa forma tratar al transgresor con suavidad, sin importarnos qué falta haya cometido. Nuestro comportamiento debería recordarle el elevado rango que ocupa en la creación por el mero hecho de poseer la naturaleza humana, y ayudarle, así, a recuperar su dignidad y su poder espiritual. El Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) nos advierte seriamente que ser irrespetuosos con un creyente es un pecado, y que nunca deberíamos mostrar desprecio hacia una persona por haber cometido una falta. A este respecto dijo: “Es una falta grave para un creyente despreciar a su hermano Musulmán.” (Abu Daud, Musnad Ahmad)

Bezmiālem, un noble otomano, para proteger la integridad y personalidad de los siervos, instituyó una fundación para compensar a sus amos de posibles desperfectos que aquellos pudieran haber causado en sus lugares de trabajo. De esta forma, los siervos y trabajadores quedaban libres de toda responsabilidad cuando rompían o estropeaban algo, ya que era esa fundación la que se hacía cargo de pagar.

Al hablar del Islam, debemos siempre mostrar gentileza y misericordia hacia los demás, y dirigir el criticismo y la responsabilidad hacia nosotros mismos. Allah el Altísimo ha dicho: “Y confíate al Viviente, el que no Muere, y Glorifícalo con Su Alabanza. El se basta como Conocedor al detalle de las faltas de Sus siervos.” (Furqān, 25:58) En otra ayah, Allah ha dicho: ¡Vosotros que creéis! Abandonad muchas de las supersticiones. Es cierto que algunas de ellas son delito. Y no os espiéis unos a otros ni habléis mal de otros cuando no estén presentes. ¿Acaso le gustaría a uno de vosotros comer la carne de su hermano muerto? Os resultaría horrible. Y temed a Allah pues realmente Allah acepta a quien se vuelve a El y es Compasivo. (Huyarāt, 49:12)

Quienes llevan a la práctica estas ayaat, son el paradigma de la moralidad y la virtud. Tales personas han comprendido perfectamente que este mundo no está separado del otro, pues todos viajamos de éste al otro. Osman Gazi –el fundador del estado otomano- era uno de esos que vivía en conformidad con estas ayaat. Su maestro el Sheij Edebali un día le dio el siguiente consejo: ¡Oh hijo mío! Ahora eres un rey. Por lo tanto, enfadarnos contigo es nuestro derecho, y ser tolerante con nosotros es tu obligación. Cuando seamos rebeldes a tu mandato, es tu obligación ganarte nuestros corazones para que volvamos a la obediencia; cuando te critiquemos, es tu obligación ser paciente. Cuando seamos débiles y estemos equivocados, es tu obligación ayudarnos y ser tolerante con nuestras equivocaciones. Cuando estemos en disputa unos con otros, es tu obligación ser justo con todos. Cuando hablemos injustamente y te critiquemos, es tu obligación perdonarnos… ¡Oh hijo mío! A partir de ahora, cuando nos desunamos, es tu obligación unirnos. Si nos volvemos vagos, es tu obligación animarnos a trabajar duro.

Estos son unos inestimables consejos para los dirigentes –cuando son maltratados deben perdonar por Allah. Deben siempre mostrar misericordia y amor por sus súbditos en cualquier circunstancia.

Cuando el Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) quería señalar a un error que alguien había cometido, hablaba del error pero nunca mencionaba a la persona. Mientras enseñaba a la comunidad sobre ese error, mantenía la integridad de la persona responsable. Solía decir: “¿Qué me ha pasado que os he visto cometer este o aquel error?” -como si se atribuyera a sí mismo la falta de ver cosas erróneamente.

Esta es una actitud común entre los Musulmanes, hablar de los errores pero no de las personas que los han cometido. Esto es así porque el camino de Allah es el camino de ganarse los corazones y reconstruirlos, no de romperlos. El famoso poeta turco Yūnus Emre afirma esto mismo en los siguientes versos:

El corazón es el Trono de Allah;
Allah mira en el corazón.
El desafortunado en los dos mundos
Es el que rompe un corazón.

Perdonar a un Musulmán que haya cometido una falta y responder con suavidad a los que hayan hecho daño u ofendido, son las características más importantes de un buen creyente.

El buen creyente siempre pide en sus súplicas por los Musulmanes que hayan cometido faltas, y pide su protección en este mundo y en el otro. El Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) mostró siempre esta compasión y esta misericordia al más alto nivel. Cuando la gente de Tā’if le apedreó, en vez de pedir por su castigo, pidió para que Allah les perdonase. Nunca pidió por la destrucción de la gente que le hizo daño. También pidió para que Allah perdonase a la gente de Mekkah, que mostraron el más encarnizado rechazo hacia el Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz). Gracias a sus plegarias, muchos tiranos se convirtieron en buenos Musulmanes. El Qur’an nos dice: “No son iguales la bondad y la maldad; responde con la mejor actitud y aquel con el que tenías enemistad será un amigo ardiente.” (Fussilat, 41:34)

El Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) también nos explicó que no sólo debemos hacer el bien como pago por el bien recibido; o el mal cuando nos han dañado, sino responder con el bien al mal que nos hayan causado. (Tirmidhī)

Cuando actuamos de la forma descrita en el hadiz, nuestro enemigo se vuelve nuestro amigo. Y si la persona es nuestro amigo, su amistad aumenta y se acerca más a nosotros.

Hoy, en occidente, la gente se vuelve hacia los movimientos místicos para escapar de los ataques inmisericordes de las filosofías materialistas, ya que esas filosofías no hacen sino destruir la humanidad del hombre. Por ello, es más beneficioso utilizar el estilo del tasawwuf cuando nos dirigimos a los occidentales y les invitamos al Islam. Muchos de los occidentales que han abrazado Islam, habían leído las obras de Rūmī y de Ibn ‘Arabī para satisfacer sus necesidades espirituales. Otro hecho que no podemos negar es que en occidente entre los libros más populares y leídos están las obras del tasawwuf. Por ello deberíamos repetir la llamada de Rūmī: “¡Ven! ¡Ven! Quien quiera que seas, incluso si eres un incrédulo, un adorador del fuego, un pagano. Nuestro refugio no es la casa del desamparo; ven incluso si has roto cien veces tu arrepentimiento.

Necesitamos una misericordia que lo englobe todo. Un amor como el expresado por Rūmī. Su llamada tiene por objeto restaurar la divina naturaleza que nos constituye en el ser humano, y llevarlos al Islam con la misericordia y la compasión de Allah. Rūmī no quiere decir con esas palabras que debamos aceptar las faltas y dejar que la gente viva cometiéndolas incesantemente sin corregirles. Su objetivo es curar el mundo espiritual de la gente. Los corazones de los creyentes nobles y sinceros son como talleres de reparación donde se remiendan los corazones. Así, su llamada no va dirigida a los Musulmanes correctos, sino a los negligentes. Especialmente en estos tiempos en los que la espiritualidad se ha debilitado tanto y la gente se ha vuelto tan ignorante, necesitamos invitarles al Islam con las palabras de Rūmī. No hay otro camino para salvar a los que deambulan a nuestro alrededor inmersos en la confusión y en la desobediencia a Allah.

Por otra parte, debemos señalar que la tolerancia con la gente transgresora debe aplicarse en encuentros personales. Las faltas no deben tolerarse si ocasionan perjuicio a la sociedad o daña a terceros. Aquellos que cometen tiranía y destruyen los fundamentos de la sociedad para lograr sus fines personales, no merecen nuestro amor y nuestra tolerancia. No es mala cosa que la gente ordinaria deteste las transgresiones y a los transgresores. Para aquellos que son negligentes y despreocupados, las faltas les suenan como música de sirenas. Les parece tan fácil cometerlas. Por otro lado, no darles importancia conlleva la ira de Allah. En otras palabras, debemos tolerar al pecador, no el pecado. El siguiente hadiz narrado por Anas b. Mālik lo explica perfectamente: El Profeta dijo: “Facilitadle las cosas a la gente [en asuntos religiosos], no se lo hagáis penoso; darles buenas nuevas y no hagáis que salgan huyendo [del Islam].” (Bujārī) Por supuesto, esto debería hacerse sin dañar la esencia del Din, y sin salirse del camino recto.

¡Oh Señor nuestro! Por favor, haznos de aquellos que han alcanzado sabiduría y amor divino. Haz que nuestros corazones sean fuente de amor y misericordia hacia la creación de Allah por amor a Allah. Reemplaza nuestros pecados y rasgos negativos con la belleza y la recompensa divina. Haz que nuestra gente viva en paz y se ame mutuamente, y protégenos de toda calamidad e incredulidad.
¡Amín!



Osman Nuri Topbaş (que Allah lo proteja)
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